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Celebrar la Eucaristía, presidirla

Ningún momento del día se puede comparar a este. De todas las tareas, esta es la más hermosa. Nos pasamos habitualmente el día dejando que otros hablen de nosotros, que piensen quiénes somos y cómo somos. Continuamente expuestos al trato con personas, preferentemente niños y pequeños. Y cuando llega el momento de celebrar la Eucaristía, dejamos, en lo secreto muchas veces, que sea Dios mismo quien nos diga quiénes somos.

Esto puede ser extraño para muchos. Sin embargo, fácilmente comprensible cuando escuchamos el testimonio de otra persona. A mí, personalmente, fue otro escolapio quien, más allá de las lecturas que se hacen, me descubrió este misterio; era un padre mayor, que había celebrado la eucaristía incontables veces.

Presidir la Eucaristía, como todo, es ocupar un lugar en el mundo. En el gran teatro del mundo, quien preside, es un seguidor de Jesucristo, cristiano que de forma especial y particular es "unido" a la vida del Maestro. En la Eucaristía, hablamos con sus palabras, hacemos sus gestos, también nos sumamos a su intención, a su proyecto, a su entrega.

Es un misterio, pero en la Eucaristía, por eso mismo, no hablamos de Jesús de Nazaret, ni de Jesucristo, ni del Señor, ni de Dios. Hacemos, vivimos, es el don que nos ha entregado. Experimentamos de forma singular que nuestra vida tiene que volver a "ser entregada" y "ser derramada". De alguna manera, comenzamos a descubrir que, somos especialmente libres para esta entrega. No soy yo, dice Pablo, es Cristo quien vive en mí.

Es ciertamente lo que deseamos durante todo el día, que haciendo lo que hacemos, que moviéndonos por donde nos movemos, que hablando como hablamos, no seamos sólo nosotros, que se descubra a Dios.

para no quedarse en palabras

Escucha lo que Dios te dice, su forma de llamarte. Todos tenemos una vocación, y siempre es especial. Nuestra vocación nos atrae hacia Jesús, nos asemeja a Él, nos hace semejantes a Él.

La Eucaristía, en la que celebramos con sus mismas palabras, son el mejor alimento y la fuerza más grande. Celebra, pero de otra manera. Reconócete en ella. Es Cristo quien te espera, quien te llama.

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