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Recuerdo que un profesor nos explicaba en la universidad que la confianza no era estúpida, que la estupidez era estúpida. Decía, entre sonrisas, que la confianza sólo existe cuando quien se fía conoce qué está haciendo y en quién está poniendo sus esperanzas, su vida o su libertad. Y seguía hablando: "Si es lo contrario de la estupidez es porque es similar a la lucidez."

En el descubrimiento de la propia vocación es fundamental saber de quién nos estamos fiando. Confiar en Dios, como un hijo se fía de su padre, supone saber quién es, lo que está dispuesto a entregar, haber conocido durante un tiempo las actitudes de Misericordia y Amor Tierno, pero también su absoluto compromiso con la verdad y la justicia.

Lo contrario, fiarse de un Dios cualquiera, sería similar a ser estúpido. Pero Dios no es así. Dios se ha mostrado firme en su Misericordia y entranablemente tierno en su justicia, cerca de los pequenos y de los que sufren. !Ése es Dios! !En Él he puesto mi confianza!

para no quedarse en palabras

Confiar y ser valiente van de la mano. Si crees que no eres valiente, empieza por confiar. Primero en ti mismo, que es por donde empieza el amor bien ordenado. Muchas personas preguntan continuamente si hacen o no hacen bien, porque son inseguras y necesitan confirmación de los demás.

Tú pregunta, si quieres, antes de empezar. Pero después, confía.

Tarde o temprano necesitas las palabras para saber qué ocurre en tu vida. Y no da igual cómo lo digas.