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Fuerza

La debilidad, ¿quién la mide? La fuerza, ¿quién la da? Del débil se dicen muchas cosas, entre otras, que no vale para nada. Pero del fuerte, y pocos caen en la cuenta de esto, se diría lo mismo si no hubiese recibido un don especial. La fuerza se recibe.

Créelo. En medio de tus debilidades, la fuerza se recibe y hay que buscarla. No sólo la del cuerpo, que se ejercita. También la del corazón, la de la cabeza, la de la vida diaria. Esa fuerza se ejercita. Se busca, se recibe.

 

En un mundo en el que parece que los fuertes son los que vencen, Dios está de nuestra parte. ¿Quién nos podrá separar de Él? Lo que nos une a Dios, como cristianos, no es nuestra fuerza, sino Su Fuerza, su Pasión, su Cercanía, su Omnipotencia.

La gracia, la fuerza de Dios no pocas veces se muestra en la debilidad y aprovecha sus resquicios para mostrarnos cómo de grande es nuestro Padre y cuánto nos ama hasta el extremo. Nos hace falta recordarnos esto, que Dios nos ama demasiado y que esa es precisamente nuestra fuerza: la del amor sorprendente. ¡Eso sí es fuerza! Y eso, ciertamente, no pocas veces nos fuerza a vivir de un modo diferente.

Todo se convierte en algo nuevo. La verdadera fuerza viene del amor. Igual que todas las fuerzas de este mundo se reciben, la más grande, la que es capaz de superar cualquier obstáculo, esa proviene del amor. Sentirse amado es maravilloso. ¿Por qué se rechaza tanto amor?

El amor de Dios no es como otros amores. Se convierte en un fuego purificador. Ponerse bajo su luz, en su camino es sentir que todo queda limpio a su paso y que hay puertas tapadas que vuelven a surgir. Es alimento necesario para el camino y también es agua que calma la sed del que ya no podía dar más de dos pasos.

para no quedarse en palabras

¿Cuáles son tus fuerzas? Si crees que eres débil y necesitas de otros, todavía Dios puede hacer algo grande contigo. Si eres de los que se creen muy, muy fuertes, comienza a pensar en tu debilidad para encontrar a Dios. En el camino de la Vida, en el de las bienaventuranzas, la puerta del amor y de la misericordia no provienen de los hombres que se engrandecen a sí mismos sino de aquellos que Dios los convierta en personas enormes.

 

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