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En la escuela, cuando un alumno no ha cogido algún apunte bien, pide que el profesor se lo repita. Y esto, en el mejor de los casos. Pero a la escuela no es el único lugar donde se aprende. Deberíamos solicitar nuestro derecho a que se repitan las cosas que no hemos entendido.

 

Que alguien nos lo repita, lo diga de nuevo, que me expliquen por qué ha sucedido esto o no ha pasado tal y como yo lo tenía planeado. El derecho a que la Palabra de Dios no se cuente sólo una vez, sino que se repita muchas veces hasta que alcance toda su riqueza. El derecho a que el amor se pronuncie de todas las maneras posibles, pero que sea siempre amor, sin engaños. El derecho a que la otra persona se exprese sin los juicios de otros "por medio" estorbando.

Pero en la sociedad de los derechos, no confundirnos a nosotros mismos con la libertad para no entender lo que sucede ni la comodidad de que sean otros siempre los que den las explicaciones. Los derechos van unidos a las obligaciones. El derecho a preguntarnos, va ligado a la obligación de respondernos del mejor modo posible. Porque no hay peor sordo, para una conversación, que quien no quiere oir.

Y Dios lo sabe. Lo dijo todo en Jesucristo, pero lo repite una y otra vez en cada gesto de amor. Ejerce su paciencia de Padre con todos los que hoy caminamos, que una y otra vez le preguntamos, le cuestionamos desde lo más sincero de nuestras vidas. Señor, repíteme una vez más, ¿qué quieres de mí? Hoy quiero (volver) a escucharlo, porque de ti suena maravilloso.

 

para no quedarse en palabras

¿Cuál es la Palabra que más te resuena, aquella con la que más veces te has encontrado y que más te ha hecho vibrar? ¿No crees que Dios sigue repitiéndote algo, por algo más importante que está detrás? ¿Qué es eso que se esconde detrás de tanta insistencia?

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