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¿Quién será el afortunado?

¿Alguna vez te has planteado cuánta gente se pregunta lo mismo que tú? ¿Te das cuenta de que todos buscamos más o menos lo mismo por diferentes caminos? ¿Quién habrá sido el afortunado? ¿Alguien de quien pueda aprender los secretos de la vida?

Antes que Calasanz, muchos se preguntaron qué hacer con la pobreza del mundo, con las esclavitudes, con la búsqueda de felicidad, con las injusticias. Y dieron sus respuestas: ayudar, ser generosos, compartir... vivir como ellos.

En lo cotidiano experimentamos el peso de estas preguntas. Pero unas de forma especial, aquellas a las que nos lanza el Evangelio: ¿Por qué soy feliz amando, entre los niños? ¿Por qué soy feliz cansándome y sirviendo a los demás? ¿Por qué estoy más alegre en estas situaciones en lugar de estar de fiesta? ¿Por qué encuentro mis verdaderos amigos, que no se separarán de mí, en los grupos de fe, o en retiros? ¿Por qué ahora soy capaz de hablar desde el corazón y contar todo cuanto me preocupa, y antes no?

Calasanz sintió lo mismo. Y miró alrededor. ¿A quién le puedo entregar este lugar tan maravilloso, que es la educación de los pequeños? Fue a unos y otros, a cristianos y no cristianos para decirles que esto era importante, que hacía felices a los hombres, que tenía la llave para transformar definitivamente la sociedad. Y fue, y encontró distintas respuestas: "Nosotros ya hacemos otras cosas...", "Nosotros no sabemos cómo..." Y uno tras otro constató que nadie había pensado en esto jamás, y que además era una tarea demasiado sencilla para los que soñaban con construir el Reino. Demasiado sencilla porque no se ven frutos aquí y ahora. Y al final, el Espíritu le hizo ver que el afortunado era él mismo. Es más, no sólo él, sino todos aquellos que después de él se encargarán de los más pequeños. Es más, aquellos que por entonces le dijeron que no, terminarán con el paso de los siglos haciéndose cargo de esto que es tan fundamental: una escuelita sencilla, en cualquier lugar pequeño y recóndito del mundo. Se entregarán a construir desde la base, porque los niños todavía no han torcido sus pasos, ni tienen prejuicios. En ellos se pueden prevenir todos los males, todas las injusticias, todas las desigualdades.

Calasanz, después de mirar alrededor, constató que él era el afortunado y no otro.

para no quedarse en palabras

¿A dónde miras tú? ¿Crees que han sido otros los afortunados con esta vocación, con esta misión, con esta llave para la felicidad y para la libertad y para la transformación del mundo? Hoy, si no eres tú quien se hace responsable de esto, se hará cargo otra persona. ¿A quién quieres servir?

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