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Elías y la voz suave

El profeta de entre los profetas. Un campesino como otro cualquiera en un momento de la historia convulso, con una visión clara. ¡Este es un profeta! No un hombre de grandes palabras que adelanta lo que Dios quiere, que es poseído por un espíritu extraño y que le hace zarandearse. No. Un profeta es uno de tantos, con una relación especial e íntima con Dios.

De esas relaciones que, como la amistad, se hacen desde pequeños y a fuerza de encontrarse una y otra vez, y que de mayores se convierten en quedasmo para vernos, para hablar, para estar juntos.

La vida de Elías está llena de compasión y de fuerza. La compasión que ejercía con su mirada, hacia el prójimo. Su pueblo, el de Israel, se había entregado a dioses extraños y falsos. Y él les miró con compasión. Con tanta compasión y entereza que no pudo callarse. Comenzó su andadura contra los ídolos que adoraban, que engañaban a su pueblo, que mataban el amor y la fuerza de la historia que Dios había hecho con ellos. Y como normalmente sucede, cuando alguien alza la voz en contra, aun siendo por amor, hay quienes intentan silenciarle. Fue perseguido, incomprendido, tomado por loco, e insultado.

Pero su empeño no terminó. No se rindió ante las amenazas abandonando a quienes iban perdiendo poco a poco su vida. Pero sólo no podía, no encontró la respuesta "amable" que esperaba, ni "el apoyo" que quería. Y huyó por el miedo. Fue al desierto creyendo olvidar, y allí fue encontrado por Dios, alimentado por él, "entrenado" para anunciar con fuerza.

Elías quería ver y esperaba que Dios se mostrase. Se encerró en una gruta, en la montaña. Y allí aguardó hasta que Dios pasara. Vinieron grandezas, honores, el poder de la naturaleza que horroriza a los hombres, las grandes cosas que sobrecogen a las personas y las arrodillan por el miedo. Pero allí no estaba Dios. Ni en el huracán, ni en el terremoto. Ni en lo que oprime a los hombres. Allí no encontró ni su grandeza, ni su majestad, ni su Amor. Y pasó, de repente, en el silencio... una brisa suave. Y en lo cotidiano, lo tierno, lo cercano, lo que deja respirar y hace libres, lo que acaricia al hombre... allí encontró que Dios es grande y nunca abandona.

Salió y regresó con su pueblo. Si Dios está en la brisa, el hombre nunca estará solo.

para no quedarse en palabras

¿Qué esperas de Dios? ¿Esperas grandes palabras, que te conviertan en un buen cristiano y así anunciar con valentía a los demás que Dios les quiere? ¿Crees que Dios sólo te quiere en los grandes momentos, en las grandes situaciones, en las cosas "raras"...? ¿Dónde desearías encontrar a Dios: alejándote de todo, o en tu vida diaria?

Si esperas de Dios grandes palabras, te perderás su brisa suave que no se sabe bien ni de dónde viene ni a dónde va, pero que da de respirar, que hace fuertes, que alienta y anima en la dificultad, y se convierte en refrescante descanso en mitad de la jornada.

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¿Serás tú?

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La Palabra, que presentamos en forma de relatos, ilumina el corazón del hombre. Experiencias en las que Dios se encuentra con la persona, en singular, y la llama por su nombre..